
Mi primer trabajo, al margen del estudio, consistió en echar una mano en la tienda de ultramarinos que mi padrastro tenía justo debajo de casa. Consistía en “mira, tú te pones aquí, -señalando un rincón donde apenas se me veía-, y cuando veas al Lolito que tiene mucha gente y no da abasto para atender a todas las marías, entonces sales. Vale? Ah! Y, de vez en cuando, coges un papel y un boli, te vas dando un paseo por los pasillos y apuntas lo que va faltando en las estanterías para después reponerlo. Eso es todo. ¿Lo has entendido?”Que si lo había entendido me decía el muy tonto… No tenían confianza en mí, tan solo mi madre y el Lolito dejaban que ayudara sin más, para que fuera haciéndome con los precios de los productos, las cantidades, sobre todo en la frutería, la caja… En fin, que me tenían allí de pintamonas y eso se acabó muy pronto porque una tiene su orgullo, pero lo que ayudó a que pisara cada vez menos aquel lugar fueron las salidas de tono del tonto de mi padrastro, cuyas bromas rozaban lo anormal. Era habitual ver volar una pata de gallina, un trozo de tocino, un cacho de carne picada al grito “eh!!!!!!!!!! Marías!!!!!!!!!!! Mirad qué género tengo hoy”.
En Navidad, encima del mostrador de la carne, poníamos una bandeja con polvorones para los clientes, el muy cerdo, los lanzaba, “Mira –decía una vez abierto uno y habiéndolo chupado- toma, pruébalo que este lleva chocolate” y lo lanzaba…
Mi madre comprendió muy bien mis cada vez más habituales ausencias y me propuso que diera clases de inglés a niños en casa: “mientras está en la tienda no te va a molestar, no te preocupes”. Y es que yo temía que mis futuros alumnos escucharan o vieran alguna perlita del colega y me quedara con la pizarra y las tizas sin estrenar. Solo tuve dos alumnas, una muy buena, a la otra, la pobre, le faltaban tres veranos y medio, era no prodigio. Terminé ayudándolas con otras asignaturas y la verdad es que no me importó diversificar.
Se terminó el curso y las clases particulares. El siguiente no pude seguir con mis niñas, ya que me habían llamado de un trabajo en Madrid y la jornada comenzaba después de clase. Tenía que salir escopetada desde el culo del mundo hasta el centro de Madrid. Pero lo que me encontré allí fue… fue… Aprendí mucho. Era una empresa dedicada a la energía solar, de lo que yo sabía un montón, claro, porque mi madre cuando yo era pequeña para dormirme, en lugar de cuentos o la Internacional, me contaba los misterios de la energía solar y los entresijos de las células fotovoltaicas. Toma! Bueno, que aprendí mucho y me reí otro tanto. Mis superiores eran: una loca, hija de un directivo de la compañía que solamente se dedicaba a leer la carta astral, escribir las malas vibraciones en un cuaderno con dibujos cuando iba al giñar y joder los ordenadores de toda la oficina. Otra era la caña, se sabía los nombres de todas las carreteras españolas, las nacionales, comarcales, radiales… Era enfermizo, cualquier comentario del tipo:
- ¿Qué tal el fin de semana?
- Bien, hemos estado en un pueblo de Segovia
- Ah, sí, cual, cual, cual??, cómo habéis ido, en coche??? En conche??
Cuando le decían el pueblo, entonces soltaba todas y cada una de las posibilidades que la red nacional de carreteras ofrecía para poder llegar al puto pueblo. Dios, era insoportable!
Dejé el trabajo por otro peor pagado pero que me tenía robado el corazón desde que era pequeña. La televisión. Entré de becaria en informativos de una cadena privada, en la sección de Internacional y allí me desengañé del medio y de la gente que trabajan para él. La tele me sigue apasionando pero los dueños de las cadenas han ido convirtiendo el medio en un criadero de buitres, una fábrica de vagos, chorizos y manipuladores. En informativos, aunque la cosa cambia, también te encuentras con no personas y no profesionales, pero yo tuve mucha suerte y siempre estaré muy agradecida. Mi jefe era un pedazo de profesional que nos ayudó a mí y a los de mi clase (porque siempre ha habido clases y hubo gente que nos lo hizo ver con mucha claridad…), además, era un hombre muy atractivo por lo que doble alegría. Lo malo? Pues que los becarios teníamos que demostrar casi que dormíamos allí en la redacción para que nos dejaran tocar algo… Si que es cierto, que en Internacional había otro trato y mis compis y yo hicimos grandes cosas. Al lado teníamos la sección de Nacional, uno de los jefes, El Mofeta, tenía en estado de alerta constante por intoxicación a todo el edificio, el muy cerdo. Recuerdo el escándalo político en la Comunidad de Madrid. Era el año 2003 y el asunto cada día iba tomando mayores magnitudes: tránsfugas, motivaciones urbanísticas, cruces de acusaciones… El coño la Bernarda, vamos. Y de ser un tema regional, saltó a copas las páginas de nacional de todos los medios. La comisión de investigación se seguía desde esa sección y el guarro del jefe, mientras los becarios picaban las declaraciones de los comparecientes, él se acercaba a comprobar que todo fuera bien, pero las distancias eran bien cortas y los pobres atufados por su fragor salvaje, iban adoptando un color de piel cada vez más verdoso.
Los días de tele se acabaron y comencé a buscar otra cosa. En poco tiempo ya tenía trabajo: era en una agencia de comunicación. Desde ese momento, las notas de prensa, ruedas de prensa, informes anuales, organización de todo tipo de eventos, y un largo etc. me acompañarían día y noche.
Los jefes que me encontré allí fueron unos auténticos hijos de puta. Si, con todas las letras. Había una que se dedicaba a faltar al respeto durante toda la jornada de trabajo a los demás. Te cruzabas con ella y te soltaba “buah, pero qué tipo de gente se contrata aquí? Cada vez vamos bajando el listón: con esa cara y esa ropa más bien parece esto el metro, qué asco!”. Las perlitas eran de este estilo siempre.
Otro de ellos (había un huevo de jefes, lo que más abundaban eran los jefes y los becarios), tenía a dos personas a su cargo, mientras él se tiraba a una de ellas, la otra hacía el trabajo de los tres y las palmaditas y enhorabuenas se las llevaban los dos cabrones. A todo esto, él estaba intentando volver con su mujer.
Mi jefa directa era como la mermelada de fresa, pero cuando te dabas la vuelta o se cruzaba con otros jefes, la poseía la guarra que he mencionado antes. Era lo peor, había llegado allí en plan enchufe y no hacía nada. Tenía un equipo estupendo, unas currantas las dos, así que yo me refugié en ellas y pronto me acostumbré a aguantar porque de momento, era lo que había.
Y la jefa suprema? Esta si que no tenía desperdicio. Era el temor de las secretarias, yo creo que las coleccionaba y tenía un cuarto oscuro donde escondía su macabra exposición: primero las volvía locas con sus caprichos, luego las obligaba a suicidarse y después las disecaba y exponía en una especie de sala con cortinas de terciopelo rojo y ribetes dorados…
Bueno, bueno, como vivía al lado de la oficina, era habitual que se paseara por allí en bata guata y con los rulos puestos. Un cuadro, vamos.
Dejé ese trabajo para marcharme a una intermediaria financiera. El departamento de comunicación era yo y yo misma. Tuve que ganarme a la gente a golpe de esfuerzos y buenos resultados, ya que, la enchufada del curro era yo. Poco a poco me fueron dando más funciones y de responsable del departamento de comunicación, pasé a ser también responsable del departamento de expansión y además de colocar a la empresa como habitual de las secciones financieras y del sector franquicias de los medios especializados y generales de este país, abrí las suficientes sucursales para que, meses después, comprara la compañía un gran banco.
Eso por un lado me enorgullecía enormemente, sin embargo, las relaciones de la plantilla con el jefe de la banda dejaban mucho que desear. Era un niñato sin experiencia, el padre le había puesto el negocio y él se dedicaba a ir a la oficina a “primera hora”, como decía, y se presentaba a las once de la mañana. La madre le llevaba el desayuno al despacho cuando no desayunaba en casa “tomándose los crispis y viendo los dibujos, enseguida le plancho el traje y va para la oficina”…
Era el listo de la clase, pero más tonto no podía ser, el pobre. El mundo de mi jefe lo componían sus trajes y zapatos caros, su impresionante deportivo y los caprichos de su novia. El trabajo era secundario porque estábamos los demás para resolver. Había semanas que ni aparecía por la oficina. Así que esta situación desembocó en un ambiente hostil para con él. La plantilla éramos una piña y a él le perdimos el poco respeto que le teníamos. Poníamos fotos de Gizmo, el gremlin bueno, en la pared y le decíamos: “Mira, este eres tu -y, señalando a otra foto del gremlin malo, comentábamos- y este es tu hermano Rayita”. Las comidas suponían un infierno para él porque estaba acostumbrado a desacreditar a los demás pero no se esperaba nuestro “todos para uno…”, con lo que se las devolvíamos dobladas. El cachondeo padre fue un día, que se acercó a mi mesa un compañero y me dijo en voz baja, “ven al despacho del Niñato”. Nos dirigimos los dos sigilosamente, dimos la luz, entramos y nos encontramos una mesa completamente destartalada, todos los objetos habían sido apartados bruscamente y, en medio de la mesa… la señal de un CULO! Ahhhhhhhhhhhhhhhhjajjajajjajjajajjajajjaa! Aquella imagen fue acompañada por el comentario de mi compañero que solo se le ocurrió decir “aquí han follao, tia!”.
A mí no me renovó el contrato y me fui a la calle y los demás, poco a poco fueron saliendo del chiringo, una vez lo vendió a aquel banco. De las negociaciones de la venta, no dio ninguna información a nadie, la situación era muy delicada porque mis ya ex compis se veían ante un futuro incierto que se precipitaba según avanzaban las semanas. Increíble.
Pasó un mes y encontré un nuevo trabajo, era en una agencia de comunicación nuevamente. Estaba muy feliz. Las relaciones con los medios eran buenas, con los clientes geniales y con mis compañeros y jefe más directo, extraordinarias. Pero uno de los socios/jefazos, dejaba entrever algo extraño. Era pedante, elitista y arrogante, pero se podía llevar fácil. Sin embargo un día, la patata nos estalló en las manos y el pedante, elitista y arrogante era todo eso y además un hijo de la gran puta que humillaba a su gente haciéndoles el vacío, poniendo en duda la profesionalidad, gritándoles delante de quien fuera por cualquier motivo… Cada semana la cogía con alguien y toda su mala uva la descargaba con esa persona. Cuando se le pasaban los episodios psicóticos, nos traía churros o cruasanes para desayunar cubierto por sus boinas, txapelas o sombreros y envuelto en su gabardina beige a lo Bogart. Sus despedidas eran muy graciosas: “Nunca os olvidaré”, nos decía al tiempo que se ponía el sombrero. Mira que es tonto! Y las risas que nos hemos echado a su costa…
Habituales eran también los comentarios: “me tenéis hasta la punta de la polla, os voy a colgar de los huevos, vais a ir a la puta calle porque para lo que hacéis contrato a cinco becarios que me salen más baratos o ¿cuándo te has ido de putas con el cliente para dirigirte así a él?”. Toma. Te quedas muerta! Era parecido a Antúnez de Camera Cafe pero con más mala leche que un marica cojo (con todos mis respetos a los gays).
En las reuniones con los clientes, no les hacía ni caso, se ponía a jugar con la Blackberry y cuando salíamos siempre comentaba “estos son gilipollas”. No respetaba a nadie, estaba muy pero que muy pasado de vueltas. Tanto que temíamos que sacara la espada de taichí que decía tener en un armario y se liara ahí en plan el asesino de la catana o Kill Bill: uuuuuuuuuuuhhhhhhhhhhhhh ñaca!
Un día tuvimos un malentendido con un cliente. Llevábamos varias semanas trabajando un compañero y yo sobre el informe anual. El cliente nos envió varias veces una parte de la información que necesitábamos para el informe, lo modificamos otras tantas y al final, cuando le pasamos el último borrador, el cliente se mosqueó porque no eran los datos correctos. Mi querido jefe sin preguntar, se dirigió a nosotros furioso y por supuesto no nos dejaba defendernos. Los gritos eran insoportables y yo me cansé, me cansé de aquello y le mostré los emails en los que el cliente nos daba los datos que se incorporaron al último borrador; y comprobó que nosotros cambiamos esos datos por indicaciones del cliente y estaba correcto, que si ahora eso estaba mal según nuestro cliente, era porque el que no se aclaraba era él. Avergonzado por las evidencias y por su ridículo, cogió el teléfono de la mesa que había frente a la mía que no utilizábamos. Semanas atrás, yo cambié el teléfono que había en esa mesa por el mío que estaba castaña, así que me instalé el bueno y dejé sin enchufar en la otra mesa el roto. Enrritado, marcó el número del cliente presionando fuerte las teclas y, claro, como era de esperar aquello no funcionaba, colgó y volvió a marcar nuevamente ante la atenta y pícara mirada de todos. La tercera vez que marcó, imploraba a gritos que el cliente le cogiera la llamada, pronunciaba su nombre pero nada. Se lio a dar ostias al teléfono “Esto es una puta mierda! No funciona!!!!!!!!!!!!!!!! Me cago en la puta!!!!!!!!”. Tiró el teléfono contra la cristalera de su despacho y se metió dentro para llamar desde allí. Comenzó a hacer aspavientos y a hablar como la niña del Exorcista. Después de varios episodios de maldiciones, intensos recuerdos de la madre que parió al cliente y demás joyitas, consiguió dar con él y nuevamente comenzaron las descalificaciones. En fin… Que uno es testigo de estas cosas y no sabe bien qué coño pinta este tipo de gente jodiendo el mundo.
El segundo socio en cuestión, era el Miniyo del pirao. En las reuniones siempre siempre apoyaba las gilipolleces de Humphrey, aunque ya hubiera dado su opinión al respecto y fuera diferente, por cierto, al ejecutivo o al jefe de cuentas. En fin… y es que, como a los demás, el pirao le tenía acojonado y se iba por la pata abajo, pero de verdad. Una de mis compis junto con sus colegas, analizando sus deposiciones, llegaron a la conclusión de que el Miniyo cagaba de pie porque aquel desaguisado era imposible si ponía el culo en el agujero.
Bueno, bueno, bueno ¿y el otro socio que queda? Lo de este ya era de cámara oculta. Venía un par de veces a la semana a la oficina porque se dedicaba a sus cositas y negocios (qué sabe nadie). Pero esos días que venía eran los peores de la semana, al menos para mí que lo tenía muy muy cerca. Tiraba los periódicos y demás papeles al suelo mientras hablaba por teléfono en tartaja, canturreaba mientras ponía orden a su despacho y, de vez en cuando, levantaba su nalga derecha, se tiraba un pedo y seguía canturreando. No se planteaba ni siquiera preguntarnos: “os he dado?” Nada.
Mi paso por allí tenía fecha de caducidad desde el primer ladrido que me dio el pirao de Humphrey y como yo, uno a uno fuimos saliendo de aquel manicomio toda la plantilla de curritos.
Encontré otro curro, y lo que encontré allí fue más desolador de lo que había vivido, si cabe. Allí conocí a El Figura nenas daos todas por folladas, El Iluminao, Maicammen Mae Mia y Aigor, todos con menos idea de comunicación que yo de los misterios del apareamiento de la ardilla de lomo plateado. Y me topé con unos compañeros casi inaccesibles, herméticos y con un sentido del humor muy diferente al mío. Me costó mucho adaptarme a ese ambiente y me convertí en una amargada. El trabajo no me gustaba, no me dejaban libertad para nada y cuando me la daban, las decisiones estaban mal tomadas, aunque el cliente quedara contentísimo y los resultados dejaran claro el éxito de la acción. El desenlace de esta historia se puede intuir…
Ahora mismo estoy inmersa en un proyecto muy duro. Es muy difícil y nos está costando mucho trabajo, enrritaciones y sacrificio pero tenemos mucha ilusión y ganas. PODEMOS!!!! Y en cuanto a los jefes de esta banda, sin comentarios…